miércoles, 11 de febrero de 2009

Libro álbum- El Problema de Bonita-

El problema de Bonita

El problema de Bonita
Córdoba, 2008


Texto
Matías Lapezzata

Ilustraciones
Gustavo Navarro Horñiacek

Edición del libro
Mateo Lusa




Bonita no podía comprender lo sucedido. Juan se había convertido en una pelota verde que hasta hace un momento estaba ahí, y que ya no estaba, se había ido.




No sabía qué pensar. Nunca había pensado mucho en las pelotas en que algunas cosas se convertían cuando las miraba fuerte, pero ahora ello era por primera vez un problema, porque Juan era su amigo, y además ¿dónde estaba?
Salió sin pedir permiso. Bonita no tenía padres. Su mamá se había muerto al tropezar con unas zapatillas que no eran de ella en la habitación a oscuras. Se había levantado de la cama para cambiar la canción del disco que estaba escuchando y, al tropezar, se había golpeado la cabeza con la punta de la cómoda. Su papá había desaparecido, cuando pensaba en él no se acordaba de nada


¡Qué problema! decía en voz alta mientras caminaba. No sabía muy bien qué hacer, pero estaba segura que tenía que hacer algo para que Juan volviera a su forma normal, y para eso debía encontrarlo.

Hasta entonces, todas las cosas que había convertido en pelota se habían quedado por ahí un rato, para volver después a su forma normal. Por ejemplo, una vez, convirtió en pelota un frasco de aceitunas, que desde la mesada de la cocina rebotó como flotando hasta la mesa, y después de un momento en que parecía no saber qué hacer, se había vuelto a convertir en un frasco de aceitunas, que ahora podía destapar porque ya no estaba tan alto.

Casi sin darse cuenta llegó a la casa de Roberto y tocó la puerta. Al rato, Roberto se asomó detrás de las rejas.

A Roberto no lo dejaban salir a la siesta, ni lo dejaban dejar entrar a nadie, así que se quedaron hablando, él desde adentro y ella desde el otro lado. Aunque la verdad es que no hablaron mucho. Roberto casi no dijo nada, y Bonita dijo que estaba buscando a Juan, que se había convertido en pelota, que se iba a la plaza y que si quería ayudarla a buscarlo cuando lo dejaran salir.

En una hamaca en la plaza, Bonita pensaba cómo hacer para volver a Juan a su forma normal, y se dio cuenta de que no sabía cuál era su forma normal ¿Cómo era bien Juan? No le parecía que lo que imaginaba al pensar en su forma normal lo fuera realmente, porque no pensaba una sola cosa al imaginarlo.

Mientras, llegó Antonio y se sentó en la hamaca de al lado. Antonio siempre andaba mirando el piso y no había visto ninguna pelota verde.

A lo mejor no la viste -dijo Bonita hamacándose parada- porque está flotando.

Me siento raro - pensó Juan al darse cuenta de repente que todo lo que veía, aparecía al mismo tiempo arriba y abajo, adelante y atrás, a un costado y al otro, y que no por eso todo ocupaba el mismo lugar. Pero más raro era cuando quería llegar hasta algo, o a algún lugar, porque todo parecía moverse hacia él, que no hacía fuerza alguna y se sentía como flotando, sin saber a dónde llegaba.


Al principio lamentó su situación, pero después le gustó la sensación de estar flotando, y el desconcierto de no saber a dónde llegaba desapareció completamente.



O eso pensó cuando miró el celeste del cielo y vio su reflejo en el agua de la pileta.


Me acuerdo de un día en que me miró... yo estaba arriba de un karting... ¡esa es su forma! – dijo Bonita e inmediatamente saltó de la hamaca y se puso en marcha con la firme decisión de recorrer el barrio. Antonio no se dio cuenta de que Bonita se iba, estaba distraído viendo el pozo que había abajo de su hamaca: yo no llego con los pies al suelo -se decía.


Bonita corrió entusiasmada hasta la primera esquina, donde se detuvo y resolvió que cuando encontrara a Juan y lo volviera a su forma normal, terminarían lo del baldío (que habían dejado a medias porque Juan se había lastimado con el cortaplumas): le voy a decir que no importa, que hagamos como él quiera. Entonces cruzó la calle mirando el semáforo y cuando una chica que pasaba en motoneta le tocó bocina se percató de que, si bien tenía en mente la forma de Juan, no había pensado todavía cómo iba a hacer para transformarlo. Confiaba en que de solo mirarlo un rato, como siempre, todo se arreglaría; pero no podía estar segura de eso, aunque... ¿de qué podía estar segura? Se le ocurrió que podría haber vuelto sólo a su forma normal, y que entonces podría estar en su casa, así que hacia allí se dirigió caminando tranquila. Más bien paseaba y no pensaba que iba a la casa de Juan, sino en que la distancia es como mirar para afuera por la ventana, un día de cielo gris y ojos de avión, atravesado en el medio por un rayo de sol.

Luego de andar unas cuadras se encontró con Julieta, que comía un chupetín sentada en la vereda. Le contó lo de Juan y le preguntó si lo había visto pasar. Julieta, sin responderle, le preguntó si le parecía que esperar era como comer un chupetín con papel, a lo que Bonita no supo bien qué responder. Me parece que puede ser, pero no sé, dijo al tiempo que Julieta le decía que lo de Juan no podía ser. Lo que pasa -replicó Bonita- es que sí puede ser. Eso no es lo que pasa -replicó a su vez Julieta- lo que pasa es que yo estoy enamorada de Juan. ¡¿Y eso qué tiene que ver?! - exclamó Bonita. ¡Tiene que ver –exclamó a su vez Julieta- porque yo ya lo había transformado en otra cosa!

En eso, se escuchó una risa que venía de lo alto. Prendido a una rama del árbol bajo el cual estaban, Hernán se retorcía con las noticias, sin importarle los gritos que ahora, y en perfecta sincronía, le lanzaban desde abajo las dos amigas, al tiempo que se iba cada una por su lado apurando el paso.


De repente, a Bonita le pareció que Juan se acercaba y se dio vuelta para mirarlo, pero no vio a nadie. En cambio descubrió en la vereda del frente un caballo muerto. Yacía sobre su costado izquierdo, con las cuatro patas sostenidas en el aire apuntando hacia la calle, la cabeza hacia atrás y la panza a punto de reventar.


Sin saber cómo ni por qué, Juan se dio cuenta que estaba mordiendo una tostada con dulce de leche. Por la televisión se veían dibujos animados, y por la ventana, a Bonita parada en la vereda.

¡Juan! –exclamó Bonita cuando Juan abrió la puerta- ¿Querés que vayamos a terminar de escribir el árbol?